Entre isabelinos y pablistas transcurrió la campaña militar de abril del 21. Durante dos semanas los madrileños desayunamos, almorzamos, cenamos, trabajamos y estudiamos entre balas, navajas y adoquines. Hoy todos sabemos un poco más sobre comunistas y fascistas; nos hemos vuelto expertos en cañas y tabernas; y hemos estudiado arduamente la forma correcta al salir a correr y la estrategia perfecta para evitar a nuestro ex en el campo de batalla. Pero hemos perdido algunas aptitudes en el camino. Yo, por ejemplo, olvidé lo que es discrepar sin pelear, disfrutar de compañía sin hablar de política, o reconciliarme con los amigos que me han dejado de hablar por hacer periodismo. Mucho ha pasado desde el 18 de abril, pero «polarización» ya no es una palabra tras la cual podamos esconder las narrativas de nuestros políticos. Esta campaña electoral no ha sido polarizada; ha sido violenta.

Soy enemiga acérrima de la frase que últimamente repetimos en verso como la canción del verano: «los extremos se tocan». No soy fan, pero es tentador sucumbir ante las similitudes. Podemos ha bajado al barro a hacer un performance al estilo revolucionario más auténtico. Mítines de ceños fruncidos, unos cuántos decibeles por encima de lo usual e incluso con malas palabras. Nos recuerda al Iglesias que en 2014 levantaba la más frenética de las pasiones. Así, mantienen el argumento de la lucha de clases que, según Podemos, sigue lo suficientemente fuerte como para ganar adeptos. En realidad, hoy ha quedado desfasado como el argumento más clasista entre quienes se declaran en contra del clasismo.

Si lo de Podemos es lucha, revolución y alzamiento, lo de Vox también lo es, pero desde el punto de vista del orden más pulcro e irrefutable. Hay algo en las mujeres de Vox como Macarena Olona o Rocío De Meer que infunde el más grande de los miedos. Casi como vírgenes con mantos dictatoriales, se regodean en su empoderamiento no feminista y le plantan cara al Iglesias más alfa y personalista. Sin embargo, no estoy segura de que la elección de Monasterio haya sido la mejor entre tantas. Y es que Rocío tiene la misma capacidad de argumentación que un folio en blanco, de ahí que solo balbucee bolas de fuego ad hominem contra los demás candidatos. En definitiva, en los mítines verdes y morados se asienta un aire bélico que dificulta la respiración, pero en uno abunda cubierto de silencio, orden y homogeneidad, y en el otro de un heterogéneo desorden.

Que digan que Ayuso se sienta en Sol para hacerle oposición a Sánchez desde Madrid puede ser verdadero en el terreno más televisivo, pero lo cierto en el panorama de políticas públicas es que el PSOE ha servido de habilitador para los planes del PP. Una cosa es ser soso y aburrido, y otra mentiroso e ineficiente. A medida que avanzaba la campaña, Ángel Gabilondo ha cambiado de narrativa tantas veces como balas han recibido los políticos. No solo ha cambiado de opinión con respecto a gobernar con Iglesias, sino también sobre mantener las reglas fiscales de Madrid o dejar las restricciones como Ayuso las había propuesto. Y todo esto frente a las cámaras.

Ángel ha quedado opacado por su narrativa poco agresiva ante una Isabel que ha hecho un poco más de lo mismo porque le convenía callar entre tanto provocador. El espejo va más allá. Casi como haciendo mímica, los actos rojos y azules se han desenvuelto con la más absoluta formalidad europeísta. Los dos partidos del establishment español han destilado grandeza y sobriedad en cada uno de los encuentros. De no ser por la rivalidad importada de Moncloa, fácilmente podrían gobernar en coalición dejando a los más inexpertos en la oposición.

No quiero ser la que le ponga la bandera de la moderación a ninguno, pero en esta contienda militar sabemos quiénes son los que menos han disparado. Más Madrid ha sido el único partido que le ha hecho oposición al gobierno del kilómetro cero con acciones y argumentos sólidos. Mónica García hizo bien en rechazar la propuesta de coalición y reivindicar lo que han alcanzado en la comunidad sin ayuda de Iglesias. En la coyuntura pandémica, sin embargo, lo mejor que ha tenido para aportar en términos de comunicación política ha sido reiterarnos hasta el cansancio que es médica y madre. No sé en qué se traducirá popularmente ese eslogan, pero hay que dar crédito a un partido que apuesta por patear la calle a pesar de todo.

Es probable que muchos quedemos naranjas al saber los resultados de Edmundo esta noche. El ambiente de esperanza y optimismo que desbordaba la militancia en la dos de mayo no va a significar nada una vez sepamos que no hay 5%. Ciudadanos puede no merecer autoabanderarse como enemigo de la discordia. Después de todo si no hubiese sido por el Murcia Gate no estuviésemos aquí. Pero el desconocido Edmundo sí es digno conciliador entre tanta guerra. Muchos se han enamorado de su mesura a lo largo del camino y lo han separado de figuras como Arrimadas, Rivera e incluso Aguado. Ha apostado por decirle a la ciudadanía que seguían en el centro, pero el PP los ha fagocitado.

A la narrativa de estos 15 días se ha sumado el debate de la Ser, los sobres con municiones, la foto de la navaja ensangrentada que prostituyó la ministra y el descrédito a la mayoría de medios de comunicación. Es tanto, tantísimo, que es imposible explicar la campaña militar de abril del 21 sin contextualizarla en un clima de crisis, debates sin sentido y violencia populista. Hoy los madrileños salieron a votar masivamente –que nadie se atreva a decir que no ha hablado la mayoría- , pero no gracias a la campaña, sino a pesar de ella. Algunos dicen que se ha hecho corta la fiesta democrática, a ver si con tanta fiesta se nos va a olvidar que los exabruptos de nuestros políticos no son para celebrar. Si en vísperas de un nuevo gobierno eres de los que cree que la campaña ha terminado, sugiero que alarguemos un poco más la jornada de reflexión.

Quizás unos dos años más.

Journalist/storyteller. Sometimes an opinioner, but never opinionated. Posts in English and Español.

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